Petrificada en el tiempo, una vez más.
Con la voz muda y los ojos desencajados.
A mi lado la gente simplemente pasaba.
La imagen post-moderna aturdió mis oídos:
gente que viene y que va, que se mira y no se ve,
que se choca y nunca se encuentra.
De fondo percibí la música de mi vida,
con esa cuota casi exacta de blues y rocanroll.
Pude verme, estupefacta, encontrándome
como un punto minúsculo en la historia
de la humanidad: imperceptible, insignificante.
El frío invernal heló mi sangre otra vez:
mis ojos se encajaron nuevamente y
mi voz consiguió simplemente suspirar.
Continué caminando, sin motivación:
con la frágil consciencia de saber las
limitaciones de mi existir.
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