agosto 23, 2010

Hace dos años escribía:

"Entró en su cuarto con la desolación en sus ojos, acompañada únicamente por el peso de su cruz.
La casa se colmaba de historias y alguna tristeza, la habitación estaba particularmente vacía.
Una lágrima recorrió la desesperación de su rostro, la angustia abrumaba su pecho.
Estaba tan rígido, frío, intacto como siempre, abstraído de la realidad que lo rodeaba.
Simplemente no estaba, ya no.
Y la rabia atravesó su cuerpo, y sus labios pidieron inútilmente el perdón y los demás rasgaban las vestiduras recordando que no espere una respuesta.
Errar es humano, lo que todavía no sabía es que hay errores que permanecen allí por siempre, heridas que no producen perlas porque jamás sanan."

Y hoy te presentaste de nuevo ante mi. En esas charlas de las cuales suelo querer escapar, porque el sólo recuerdo me desgarra la piel.
A veces olvido tus exigencias, tus sobrecargas... Pero nunca olvido ese dolor.
Nunca voy a dejar de preguntarme que ibas a decirme aquel miércoles en donde la rebeldía adolescente le gano al corazón.
Tuviste tanto tiempo para partir, tantas oportunidades de dejarme en el alma un sentimiento de paz, de reconciliación. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Cuándo te fallé? ¿Cuándo vas a irte de mi?
No me esperaste ¿por qué?
Te fuiste dejándome un sin fin de preguntas sin respuesta, te fuiste dejándome la pena más onda, más espesa.
Y continuo sobre-exigiéndome ... quizá algún día, desde algún lugar, puedas decirme que soy tu orgullo, que no te defraude tanto como dijiste aquella vez.



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